Vagabundo rico en ideas

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Cuando su felicidad mengua, acepta que es vagabundo pero rico en ideas: pobre para los demás pero rico para sí mismo. Introduce una mano en su cochambroso bolsillo y saca una serie de objetos aparentemente inútiles y labrados en poco más que hojalata oxidada, por cierto lo único que posee desde que abandonó su hogar.

Tal como baja la vista extendiendo su mano este hombre se aferra a la vida, sueña con ser sólo un poco más rico para poder seguir aprovechando esta oportunidad que se le ha dado para contemplarlo todo desde una perspectiva única, y dispone dichos objetos en su mano de forma que los pueda identificar unívocamente a pesar de la mugre que cubre su palma.

Lo que nadie creería, que unos menesteres achatarrados sean las piezas que reconstruyen los propios sueños, está a punto de suceder.

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Ahora usando su imaginación, consigue que dichos objetos empiecen a moverse por sí solos como guiados por un titiritero invisible hasta acabar encajando de la misma forma que lo harían las piezas de un puzzle perfecto. Finalmente colapsan, se hacen uno y se transforman en una lustrosa pepita de oro.
Ha encontrado la disposición perfecta para lo poco que tiene, ha dado con su máxima utilidad posible.

Cierra su puño, guarda con recelo el descubrimiento en su bolsillo, la última brisa de un invierno que ya es primavera acaricia su sien, se detiene en medio de la calle. No tiene prisa porque tiene la clave para que todos sus pasos sean hacia delante y ninguno hacia atrás.

Curiosamente, ahora que es otro y camina ya sin ansiedad alguna, todos los que le rodean en la calle, aún inconscientes de las oportunidades que ofrecen los cambios, le siguen mirando de reojo con muecas que le denotan como “un pobre vagabundo”: exactamente como lo hacían antes de que diese con su propia salvación, de que completase su “invento perfecto”.

¡Cuán equivocados!, ¡qué torpes de empatía!, ¿cómo pueden mirarlo exactamente igual que ayer si con su reciente descubrimiento había llegado a ser completamente diferente?.

Todavía con el puño cerrado en su bolsillo prevé que ellos nunca llegarán a entender el cambio en su mirada, ahora inyectada de pura ilusión; que de nada les sirve ser ricos a quienes son pobres en ideas, a quienes no saben leer a través de una mirada.

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¿Y cómo podría él hacerles comprender?, repentinamente surge una nueva idea con la que va a demostrar que sus ideas son irrefutables. Para ello abre el puño queriendo creer que la pepita se desliza por un agujero de su bolsillo, que le baja sobre las rodillas y que va a caer definitivamente a la calzada.

Ninguno de los que pasan por allí es tan rico en ideas como para percatarse y así escuchar el tintineo de la pepita; y por lo tanto, nadie accede a robársela. Él la dejará ahí para volver más tarde, o nunca volverá por ella a sabiendas de que puede crear tantas como necesite.

Él cambiará o nunca dejará de ser el mismo, él necesitará el oro o dejará de necesitarlo, pero él caminará arropado por una mente relajada y consciente de que sus ideas le llevarán siempre a donde él imagine, a donde su invención perfecta le lleve.

Tenía una imaginación como pocas se han conocido, ¡y creedme que no exagero!, exagerada era la belleza con la que él me recordaba cuando no estábamos juntos. Tanto es así, que cuando decidió partir tras la última discusión, me aseguró que lo hacía con el único propósito de que yo nunca dejase de ser bella…

2 comentarios:

latribunadelloboestepario dijo...

Chapeau! O Chapó! o ¡de puta madre! Me ha gustado mucho, campeón (símbolos incluidos).
Lo bueno es que sé que podremos comentarlo largo y tendido entre "superman" y "caballito".
Un abrazo, hermano.

Fran dijo...

¿Campeón? Querrás decir semicampeón de semiespaña.

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